Estoy y camino en tu cielo azul, el rincón del corazón donde todas las noches velo tus sueños, donde cada palpitación es un beso eterno.

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23 de agosto de 2009

Mensajes


Cómo amaba los manuscritos de tus manos
en la alfombra
en la mesa de todos los días
en los mansos atardeceres
en el polvo de la ventana
en la monótona arena de la playa
Mansas manos
mensajes monosilábicos
Pero nunca supiste qué palabra escribías.

Cristina Peri Rossi

20 de agosto de 2009

Bajo el arco iris



La has emprendido con tu plumero de estrellas y caricias contra los fantasmas que habitaban

mis pulmones, mi cerebro, mi vientre, vas barriendo con un viento suave las sonrisas pegadas

a mi sangre y las veo irse resignadas al lugar de los recuerdos, donde deberían haber estado

ya hace días si yo no me hubiera aferrado a sus pliegues como a un árbol durante una tormenta.

Sin embargo ahora estás vos y el mundo va recobrando poco a poco su redondez de naranja,

su calorcito, la intimidad de su aire de calle conocida y puedo volver a reír, saltar, caerme,

conociendo la cercanía de tus manos para tomarme por los hombros y acercarme allí donde

late tu vida, mientras voy poniendo tierra y arena sobre caminos inciertos; haciendo el caminito

de mi huella al lado de la tuya, sembrando flores, piedritas blancas, bajo el arco iris que salió

triunfante y lleno de colores después de la última lluvia.

Gioconda Belli

18 de agosto de 2009

Tu nombre



Trato de escribir en la oscuridad tu nombre.
Trato de escribir que te amo.
Trato de decir a oscuras esto.
No quiero que nadie se entere,
que nadie me mire a las tres de la mañana
paseando de un lado a otro de la estancia,
loco, lleno de ti, enamorado, iluminado,
ciego, lleno de ti, derramándote.
Digo tu nombre con todo el silencio de la noche,
lo grita mi corazón amordazado.
Repito tu nombre, vuelvo a decirlo,
lo digo incansablemente,
y estoy seguro que habrá de amanecer.

Jaime Sabines

16 de agosto de 2009

Dilo, dilo otra vez...



Dilo, dilo otra vez, y repite de nuevo
que me quieres, aunque esta palabra repetida,
en tus labios, el canto del cuclillo recuerde.
Y no olvides que nunca la fresca primavera

llegó al monte o al llano, al valle o a los bosques,
en su entero verdor, sin la voz del cuclillo.
Me saluda en las sombras, amado mío, incierta,
esa voz de un espíritu, y en mi duda angustiosa,

clamo: «¡Vuelve a decir que me quieres!» ¿Quién
teme un exceso de estrellas, aunque los cielos colmen,
o un exceso de flores ciñendo todo el año?

Di que me quieres, di que me quieres: renueva
el tañido de plata ; mas piensa, amado mío,
en quererme también con el alma, en silencio.

Elizabeth Barrett Browning
Versión de Màrie Manent